Que hablen mal pero que hablen
El pasado fin de semana decidí reservarme el domingo para pasarlo tranquila en casa, sin más pretensiones que la de disfrutar de una película entretenida. Para asegurarme el éxito, en todos los sentidos, bajé al videoclub de mi barrio que, por extraño que parezca, todavía le planta cara a la crisis y a la piratería, y alquilé un estreno.
He de confesar que no me resultó fácil decidirme. Estuve un buen rato mirando carátulas y leyendo sinopsis pero, al final, me dejé llevar por las críticas. La película que cogí fue una de esas llenas de nominaciones y galardones, una historia que prometía ser de las que dejan huella, y la dejó, pero no precisamente por ser un peliculón sino todo lo contrario. Tenía tantas expectativas puestas en ese DVD que experimenté una gran decepción al visualizarlo. Sinceramente he de confesar que si hubiera estado en el cine me habría salido de la sala. Al principio, pensé que no tardaría en llegar el giro que estaba esperando, ese cambio radical que aportaría dinamismo a la historia y salvaría mi tarde de domingo, pero nunca llegó. La película era lo que era, una serie de imágenes aburridas, y sin hilo conductor, ¡vamos!, lo que se podría traducir en una pérdida de tiempo y, en mi caso, también de dinero.
Mi cabeza no lograba entender cómo los expertos habían considerado ese film algo grandioso. Se me planteó un tipo de duda similar a la que te surge cuando vas a una exposición de arte moderno y te preguntas si lo que estás viendo es realmente arte, porque lo que sientes es que te están tomando el pelo…
Días después, al comentar con amigos y compañeros de trabajo mis impresiones sobre la película, descubrí que no era la única víctima. Un gran número reconoció que había acudido a ver el estreno al cine y se habían salido a los diez minutos, ahí estuvieron más listos que yo… Pero entonces ¿Cómo pudo ser un éxito de taquilla en los EEUU? ¿Tan diferentes son los gustos de los espectadores a ambos lados del charco?
La situación me indignó tanto que estuve dándole vueltas al asunto, leyendo sobre la película en internet y al final llegué a una conclusión: Una película aburrida lo es en cualquier parte del mundo y el que haya sido vista por tantos espectadores puede haber sido el resultado de una estrategia. Me explico, el que haya visto esta cinta no se ha quedado indiferente, están los que la han detestado y los que han querido leer entre líneas, en todo caso se ha suscitado una polémica a su alrededor y precisamente esos comentarios han servido para alcanzar el éxito de taquilla.
Que se hable de una obra para incrementar su tráfico no es algo nuevo. En el caso del marketing se han orquestado grandes campañas controvertidas que, precisamente gracias a las reacciones que han suscitado, han sido vistas por millones de usuarios y han logrado lo que pretendían, que se hable de la marca. Luego hay que reconocer que una valoración negativa crea curiosidad y estoy convencida de que muchos a los que les he dicho que no vean nunca esa película, la verán para forjarse su propia opinión y así se seguirá hablando de ella.
Como es por todos sabido, el éxito de las campañas, en especial en internet, es medible pero hasta que no se pone en marcha la campaña, su repercusión es incierta. Siempre hay que tener muy presente qué se hace, qué se pretende conseguir y a quién se dirige y no temer a los comentarios negativos, ya que muchas veces éstos pueden tener una repercusión mucho mayor que los positivos y lograr, por medios diferentes a los convencionales, que triunfe un producto. Las redes sociales son el mejor canal para lograr este fin, por eso yo les diría a las marcas que no teman los malos comentarios, no importa que se hable mal mientras se hable, luego habrá que saber valerse de esos contenidos para lograr los objetivos deseados. El boca oreja funciona y las críticas son siempre más beneficiosas que la indiferencia.
* Beatriz Taberner es Consultora en el Área de Consultoría
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